La obra de un a0artista.
La obra de un artista. Javier Bedrina Foto

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hace algunos años -bastantes para ser exacta- fui agente comercial y me dediqué a la venta de libro “a puerta fría”, como vulgarmente se dice. Lo hice durante siete años y puedo definir mi carrera como irregular, a pesar de haber tenido muy buenas épocas como jefe de equipo. Era difícil, había que tirar de contrato, convencer a la gente de que necesitaba aquellos libros para ampliar su cultura sobre la tierra en la que vivía. Vendía libro vasco de una calidad superior a lo que ofrecía la competencia, la situación económica era muy diferente  a la actual, pero aun así era difícil. Formaba parte de un equipo de gente joven, casi todos universitarios, que amábamos nuestras raíces y lo transmitíamos con pasión, pero el libro que se ofrece directamente al cliente se ve con reticencia.  Al cliente, lo que le gusta es entrar en una librería y comprar el  libro por el cual ya siente cierta predisposición. Pero ojo, también existe la persona que se vanagloria de que jamás ha entrado un libro en su casa. Fauna y flora a la que le estoy agradecida porque me ofrecieron una experiencia vital importante: un contacto directo que me introdujo en el complejo mundo de las relaciones humanas.

La venta directa de objetos culturales, bien sean libros, bien arte en su más amplia expresión, no solo no está bien vista, sino que -y esto es peor- causa indiferencia.  Hace algunos años, antes de la irrupción de Internet en la vida del ciudadano, los circuitos comerciales  de la cultura se circunscribían a los establecimientos dedicados a ello, a las salas de exposiciones y a los grupos editoriales que por medio de colecciones o venta directa, acercaban los artículos más caros al bolsillo del prójimo… Hoy, Internet y el auge de las redes sociales ha hecho que el artista que  no posee medios económicos para promocionar su obra pueda acceder a un público potencial muy amplio mostrando sus trabajos e intentando darles una salida comercial. Porque el artista, desde siempre,  crea para los demás. Es cierto  que su obra es la expresión de su creatividad  y  no se le debe negar  ese punto de narcisismo y vanidad, pero no es menos cierto que su arte es su mercancía y su medio de supervivencia.

El escritor que no puede  pagarse unos servicios editoriales básicos, el fotógrafo o pintor que no tiene acceso a establecimientos o salas de exposiciones, se “busca” la vida por las redes ofreciendo su trabajo porque precisamente su creación es para  vivir de ello o, por lo menos, para sobrevivir. Sería injusto pedirle que muriera como un Toulouse Lautrec cualquiera, para que su obra, finalmente, fuera distinguida por el éxito.

Yo, de alguna manera, sigo vinculada a  este mundo de la venta, estoy en contacto con el artista y veo cómo lucha, cómo planifica su tiempo para la creación, para nuevos proyectos, para la difusión de sus obras y para poder extraer un beneficio sobre ellas, porque ha de pagar  la luz, el agua y dar de comer a sus hijos.  Lo digo sin la mínima intención de despertar compasión entre los lectores. Lo digo porque es la realidad, al igual que es real la indiferencia que despiertan estas actividades entre el público que recibe estas informaciones. No somos chamarilleros, no hemos montado un mercadillo. Soy tajante en esto: yo no hago marketing, señores. Yo vendo ilusión. Porque es lo que me transmiten ellos cuando publican su primer libro o preparan un dibujo digital o editan una serie de fotografía.

Con esta entrada pretendo despertar actitudes de respeto hacia estos creativos, hacer patente mi repulsa por los abusos hacia el copyright  de las obras de autor, llamar a la solidaridad del usuario, no con el objetivo de vender -para eso existen otros medios- sino con el de fomentar el respeto, el interés y el compañerismo.

Las redes son un escaparate para todos. En ellas se reflejan diversas actitudes y formas de ver este mundo virtual y sus interactuaciones.   Si  la sustracción de un cuadro en una galería es considerada robo sin ningún tipo de eximente, la apropiación de un contenido lo es igualmente. Por otra parte, soy consciente de que existen posturas de rechazo ante  la venta online, como la desconfianza hacia el modo de pago -hay diversos y muchos de ellos seguros-, incluso hacia la calidad del producto ofrecido. Ahí es donde la profesionalidad de autores y managers online ha de estar fuera de toda cuestión. El hecho de que el producto, en este caso, un objeto cultural, no se muestre físicamente no es algo nuevo, tampoco el posible rechazo que pueda crear a priori. Sucedió lo mismo hace unos años cuando se popularizó la venta por catálogo. El transcurrir del tiempo ha afianzado ese tipo de venta, acallando la desconfianza. Lo mismo sucederá, estoy segura, con la venta online. De hecho ya está sucediendo.

Artículo de Txaro Cárdenas.

Por cierto…¡Feliz Navidarte!

(No lo puedo evitar)

Parte de mi actividad como manager de mis asociados.
Tienda de Artistas-Creadores de MoonMagazine

 

 

 

 

 

 

 

 

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