“Esa cosa intangible, aérea, que ni calienta ni acompaña, ni besa, y que solo es el impulso, el afán más puro, más nuevo, y más poderoso de su alma”.
    Pedro Salinas.
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Le llevaba seis años solamente, pero a juzgar por sus cartas ella parecía mucho más joven que él, a pesar de que cuando la conoció había cumplido ya los 35 años de edad. La profesora norteamericana Katherine Prue Reding visitó España durante el verano de 1932 para completar sus estudios superiores. Katherine se había especializado en lengua y literatura española en la Universidad de Kansas y Berkeley. Por aquella época Pedro Salinas ejercía la docencia en la Universidad de Madrid, donde fundó la revista Índice Literario y fue nombrado profesor de la Escuela Central de Idiomas y secretario general de la Universidad Internacional de Verano de Santander. Fue en un curso sobre la “Generación del 98” impartido por Salinas donde se produjo el primer encuentro del poeta con la mujer por la que sintió una pasión amorosa rayana en la obsesión y que se erigió en la destinataria de su trilogía poética La voz a ti debida, Razón de amor y Largo lamento.

El que fue considerado uno de los mayores poetas del amor en lengua hispana mantuvo una intensa relación epistolar con esta mujer a la que no volvió a ver hasta el regreso de ella para el curso académico 1934–1935, al final del cual, Margarita, la mujer de Salinas, descubrió la infidelidad e intentó suicidarse. Este suceso dio pie a que Katherine intentara dejar la relación, pero no fue hasta 1939, al casarse ella con su colega Brewer Whitmore, cuando se rompió definitivamente el contacto, bastante espaciado para aquel entonces desde el exilio del poeta en Estados Unidos.

Es sabido que Salinas exalta el amor en su obra. En La voz a ti debida transmite y ahonda en el sentimiento amoroso, en su esencia más pura. El amor es un motivo de alegría, de aceptación de la vida en toda su plenitud. Un sentimiento enriquecedor que empuja a beber la vida a grandes sorbos, a abrazarla en toda su magnitud. En Razón de amor, el segundo libro de la trilogía, su tono alcanza mayor gravedad, aparecen conceptos como los límites del amor. El poeta proyecta  un sentimiento que difícilmente puede considerarse abstracto.

¿Pero cómo vivió Pedro Salinas el inmenso amor, esa voz debida a la mujer a la que escribió más de 300 epístolas durante el tiempo que duró su relación?

En 2002 la Editorial Tusquets publica “Pedro Salinas. CARTAS a Catherine Withmore. El epistolario secreto del gran poeta del amor”, una compilación de 151 de las 354 cartas y los 144 poemas que componen la colección. En su mayor parte, corresponden a los años 1932-34, a partir de esa fecha la frecuencia en la correspondencia se va espaciando debido a las frecuentes llamadas de teléfono y en menor medida , a los encuentros entre los dos amantes, dada la escasez de estos.

No se encontraron  las cartas escritas por Katherine a Pedro. Se supone que estas pudieron ser impulsivamente destruidas debido al miedo del vate a que las descubriera su esposa.

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Lo primero que llama la atención en esta ardorosa correspondencia de amor es la imagen idealizada de la mujer, objeto de la obsesiva pasión del poeta. Esta pasión le lleva a sentirse el hombre que fue antes, el de dieciocho años libre de ataduras y con un futuro abierto a la elección, en un cuerpo de cuarenta atrapado en un matrimonio plano con responsabilidades laborales y una vida social abocada a la observación y a los rumores. Todo ello le provoca una contradicción que le lleva a vivir su amor al margen de su vida real. “Ser joven es querer vivir lo no ocurrido aún”, pero “la ley de la gravedad” le impide dar el paso para llevar al plano de la realidad diaria ese milagro encarnado en el amor que siente por la mujer a la que escribe sin tregua, robando momento tras momento a su vida matrimonial y a su entorno familiar. Surge el temor a la pérdida del ser amado pero opta por una postura conservadora que le lleva al engaño sistemático de sí mismo.

Este amor idealizado, místico por propia decisión del poeta y al que denomina “amor en vilo”, halla su forma de expresión perfecta en esos “puentes de papel con la vida” en los que crea un mundo tangente, apartado del  real, otra dimensión en la que solo existen los pronombres personales en primera y segunda persona del singular, condenando, paradójicamente, a la inexistencia al inevitable “nosotros”. Así, el día a día cotidiano, se convierte en una realidad paralela de la que el poeta se evade, convirtiéndose en los “alrededores” de su trágico amor, de su “amor en vilo”: “la vida hacia los lados, con límites naturales”. El poeta llega a concebir la conciliación de estos dos mundos como catástrofe.

Es indudable que Salinas sublima poéticamente el amor que siente por Katherine, crea su propio infinito del amor, sumiéndose en la contradicción y el conflicto constante, queriendo conformarse con una relación etérea,  mientras su naturaleza de hombre le exige dejarlo todo: trabajo, familia y obligaciones sociales para saciar su necesidad de un amor más físico. En definitiva, se debate entre  huir de las responsabilidades diarias impuestas por su posición y una postura conservadora y diametralmente opuesta. Se castiga constantemente por su incapacidad de romper con todo, pero perpetúa la situación en la que vive su amor. Y llega un momento en el que sabemos que “su amante” se cansa de ese amor exacerbado que en un principio la llenó de dicha. El momento clave del inicio del distanciamiento se produce cuando Margarita descubre a su marido hablando por teléfono con Katherine e intenta suicidarse.

“Estábamos enamoradísimos (…) pero la realidad empezó a filtrarse por las nubes de nuestro amor en vilo”. “Sentí que me hallaba en un callejón sin salida. Cuando mi barco zarpó del puerto de Málaga en junio, estaba segura de que aquello era el final”.

Los acontecimientos se precipitan a partir de ese momento. Katherine conoce a su colega, el profesor Brewer Whitmore.

“Dices: Me pregunto a veces si me casaría contigo, a ser posible. Pregunta tremenda para mí. ¿Lograría yo sujetar, tener a mi lado esa fuerza maravillosa de vida que eres tú? (…) Yo sí, yo me casaría contigo sin vacilar”.

“Estoy resuelto a no perderte, ¿sabes?, y lo que sea necesario hacer para no perderte será hecho” “La solución ideal sería irme al extranjero: eso sería el modo de romper más natural. ¿Pero dónde y cómo? Lo que me dices de América, alma, es un sueño. ¡Si pudiera ser! Aceptaría cualquier cosa, cualesquiera condiciones, con tal de estar en la misma tierra que tú”.
Un ser humano realmente vivo no es lo que es, sino lo que quiere ser, lo que se siente capaz de ser (…) El ser vivo es siempre una conciliación, un pacto, una tregua, entre lo que está siendo y lo que espera llegar a ser (…) Yo por mi parte no podría vivir, tú lo sabes mejor que nadie, sin ese futuro, que es futuro de hechos, presente de pensamiento”.

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“A veces pienso que nuestro amor y nosotros somos dos cosas diferentes, que nosotros andamos por un lado y él, por otro”.

Salinas es consciente desde el primer momento de su imposibilidad de afrontar el futuro al lado de Katherine. Demasiado riesgo aun a pesar de ser consciente de que el objeto de su pasión se alejaba de él.

“Tengo ganas de echarlo todo a rodar, de cortar mis lazos, no sé de qué. Son momentos de desanimación, de abatimiento, en que me doy cuenta de cómo yo mismo estoy apoyando mi mejor yo, en aras de algo que al fin y al cabo no me importa nada: lo social, lo profesional, lo colectivo”.

Pero no es así en realidad. Ni siquiera su etapa en Norteamérica propulsó el acercamiento o recuperación de una relación abocada a no materializarse desde el principio, pero que sirvió de inspiración para crear una sublime obra ofrendada a ese sentimiento que hizo que viviera su vida como “los alrededores”.

El último encuentro entre ambos se produjo en 1951 en Northampton. Katherine había enviudado un año después de su boda con Brewer, un hombre que la hizo feliz el escaso tiempo en el que estuvieron juntos. Un nuevo amor había hecho aparición en su vida durante un corto  periodo que le sirvió para aplacar el que sentía por el poeta, tras la toma de conciencia del dolor que estaban inflingiendo a Margarita, su esposa,  y la imposibilidad de llevar a buen puerto la relación.

Según Katherine esta fue su breve conversación:

“¿No entiendes por qué tuvo que ser así?”. La respuesta de Pedro Salinas fue contundente.“No, la verdad es que no. Otra mujer, en tu lugar, se habría considerado muy afortunada”.

                                                                                Txaro Cárdenas.

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