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Cada vez que ingresa en una red social o profesional, una servidora se ve obligada a rellenar múltiples campos obligatorios que por lo habitual suelen oponer cierta resistencia a la hora de sentirse satisfechos con el esfuerzo que se les dedica y constantemente avisan que los cambios realizados no se han podido guardar. “Not saved” en inglés.

Hoy ha sido uno de esos días, y para más inri, he sido suspendida en un “exámen”  sobre el funcionamiento del web en cuestión, que exigen  aprobar para obtener más puntos de cara a una hipotética contratación. Como si el extenso currículum y datos de formación que he tenido que copiar y pegar infinitas veces no fueran suficiente garantía…

Cansada de rellenar páginas con perfiles y experiencias laborales, con biografías y estudios realizados, me he puesto a rebuscar en mi vida una historia más “light”, más entretenida. Y he encontrado esto…

Txirritxitxi

Así es como me llamaba mi padre.

Nací una madrugada de domingo, en condiciones normales. No lo habrían sido tanto si a mi madre le hubieran dejado ir al baño. Casi nazco en el inodoro. Menos mal que la sujetaron.

Tras el aseo  hice mi entrada triunfal en la habitación, acompañada de un rubio imponente. La comadrona entró portando una criatura en cada brazo: la fea era yo, la otra, el rubio,  hijo de la compañera de habitación de mi madre. Esta, por cierto, se hizo ilusiones, pero sólo duraron unos segundos.

Las monjas de la clínica me apodaron “El Cordobés”. Debido a la gran cantidad de pelo, negro e hirsuto con el que nací, me pusieron un kiki que me lo sujetaba. De haberme puesto dos, ¿me habrían llamado “Conguito”?

Fue mi padre quien peor lo pasó. Al recibir la noticia de que había tenido una hija en lugar del chico que esperaba, entró en estado de shock y se fue, ni corto, ni perezoso, de vuelta a casa, donde mi abuela, escandalizada,  (nunca entendió estas cosas que nos pasan a los Cárdenas) lo mandó de vuelta a la clínica, poco menos que a empellones.

Pobre aita. No tardó mucho tiempo en aceptarlo, pero es curioso, mi infancia fue un rosario de regalos para chicos, en los que siempre destacaron distintos tipos de pelotas y balones. He llegado a tener un balón de rugby y una pelota de badminton. Aunque entonces yo no sabía cómo se jugaba con ellos. Lo cierto es que siempre me parecieron extraños, más que nada porque botaban raro…

No sé por qué motivo a mi madre le encantaba el nombre de Bárbara. Los Peña siempre han sido un poco inseguros a la hora de elegir nombres. Su padre quiso llamarla Natividad (Nati ¿?), ella quiso llamarme Bárbara… menos mal que no lo tuvieron muy claro y se dejaron convencer… La historia acabó bastante bien, ella Txaro, yo Txarito. Lo de Txirritxitxi fue cosa de mi padre, que siempre fue aficionado a jugar con las sílabas…

Para terminar, hablaré un poco sobre mi infancia en el caserío Bide Ondo, situado  enfrente de La Real Sociedad Hípica de San Sebastian, de la que mi abuelo era conserje desde la época de su fundación.

Recuerdo sobre todo mi afición a escalar montañas de grava tocando el pequeño acordeón Bontempi que me trajo mi padre de Italia; mi perro Pistón, gran portero de fútbol; mi tarín adicto al baño diario; las perdices; las crías de gato que adoptaba mi madre y una espina que tengo clavada en el corazón. Debido a la alergia  que se me declaró en mi más tierna infancia, nunca llegué a montar, aunque mi abuelo me federara cada año.

Mi madre alegaba que en el picadero había mucho polvo…

Txaro Cárdenas.

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